GUIÓN PARA UNA COMPARSA ROMANA

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Yo también estuve en la comparsa carnestoléndica que se montó en el estadio Guillermo Plazas Alcid. Mi papel fue transmitir por una emisora los pormenores de todo un cataclismo circense con trazas de morbo romano.

Tras la muerte del jugador Eduard Gutiérrez la cúpula directiva del Huila pidió a la División mayor del fútbol colombiano el aplazamiento del partido ante Pasto pero los «zares» del balompié nacional se negaron. Les importó un sieso. Nada más.

Los muchachos de Vivaldo llegaron al estadio simulando calma y fortaleza ante el reto que las aciagas circunstancias planteaban en la cancha. A pesar de todo había que jugar.

Sobre el estadio y sus alrededores se cirnió una colcha de emociones encontradas y cocinadas en un marasmo de rabia y tristeza. La natural alegría que genera el fútbol no fungió por ningún lado. En honor a la verdad, yo no quería estar ahí y pienso que muchos otros tampoco. Pero había que cumplir con el «show», las entradas al circo estaban vendidas y Win Sport, el canal de televisión ya tenía montada su tramoya.

Intentábamos con Semaria, mi compañero de labores hablar de fútbol en los prolegómenos de un partido que atisbaba un halo de esperanza para el Huila de cara a la clasificación, pero el tema de la muerte era recurrente y nos quebraba la voz. » La pelota está de luto, herida, pero sigue siendo redonda «, me decía a mí mismo, como recetándome un analgésico.

Llegó la hora de los movimientos precompetitivos y los jugadores de Huila asumieron resignados la propuesta del preparador físico. No eran piernas , eran corazones rotos los que se movían en el césped. Al otro lado, Pasto hacía lo mismo sin aducir vestigios de culpa.

A cuentagotas, Lina, la jefe de prensa, nos relataba vía wathapp el desplazamiento del cortejo fúnebre que traía los restos de Eduard Gutiérrez a las veredas del estadio donde ya lo esperaban los muchachos de alta tensión para brindarle honores con sus arengas y cánticos luctuosos. Ahí también estaban apostados los camarógrafos de Win, como francotiradores al asecho.

El Cesar romano del fútbol nunca apareció ni su delegado tampoco. Me imaginaba recurrentemente verlo esgrimiendo su pulgar hacia abajo ante la súplica de Patarroyo el presidente huilense, ordenando con donaire un imperativo: «jueguen muchachos «. Y ahí estábamos nosotros, y todos los medios de comunicación, y todos los buenos hinchas, y todos los directivos y empleados del club, y todos los jugadores; obsecuentes y sumisos, saludando en la arena: » Los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud».

No había terminado su ciclo de calentamiento el profesor Polledrotti, cuando desde la calle un lúgubre murmullo nos alertó que el féretro había llegado: Claxos, pitos, sirenas, bombos, trompetas, y centenares de gargantas desmadejando el nombre de Eduard Gutiérrez nos insuflaron el alma de un luto abrasivo, y una maldita tristeza . Sé, lo que todos saben: que los jugadores todos, también la sentían . Que en el pecho les apretaba un cúmulo de recuerdos que dolían; del chico que nunca se amilanó ante el infortunio de sus lesiones y que siempre soñó con ir muy lejos tras la pelota, luciendo el fajín de capitán. Del muchacho que remendaba sueños al lado de don Otoniel, su padre, en una cancha quebradiza y fragmentada; así, como estaban nuestros corazones esa tarde.

Mientras tanto en el camerino arbitral, Vélez, el central asignado, intuía el alma descuadernada de los jugadores huilenses e instaba, a sus compañeros en las lineas a manejar con guantes y sigilo, las eventuales reacciones de los hombres de casaca amarilla.

Solo vi máscaras de tragedia desfilar en los vestuarios, por la cancha y en las improvisadas tribunas de un estadio calafateado con mentiras y rociado con el olor acre de la impunidad. El estadio que los corruptos nos robaron.

El uno cero con que Pasto nos ganó sólo fue una anécdota estadística al interior de una carpa circense, orquestada por la indolencia y la insolidaridad. Luego vino la rueda de prensa donde el llanto intempestivo de Jorge Vivaldo, técnico del Huila, acabó con una cosecha de preguntas impertinentes. » Les pido perdón» – Dijo – mientras escondía el rostro compungido entre sus enormes manos de gladiador.

Más tarde él, sus lugartenientes y soldados abandonarían de prisa el estadio para ir y llorar la partida de Eduard en una iglesia local. Para desconsolados, consolar a sus padres también. La escena transcurrió en un escenario no menos fúnebre, entre cantos y discursos que como leznas hendían el alma. Todo de prisa, porque al otro día había que guardarse en los bolsillos la nostalgia y preparar el viaje hacia Manizales. La comedia tenía que seguir.

Por: ( Alexis Díaz )

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